"De acampada con mis abuelos”: el verano que une a pequeños y mayores
Amavir celebra una nueva edición de sus campamentos intergeneracionales, una iniciativa pionera que convierte sus residencias en espacios de encuentro entre generaciones. Juegos, talleres, excursiones y una visita muy especial al Museo de Cera de Madrid forman parte de una experiencia en la que abuelos y nietos comparten mucho más que unos días de verano.
Hay veranos que se recuerdan por un viaje, una playa o una aventura. Y otros, sencillamente, por el tiempo compartido. Esa es la filosofía de “De acampada con mis abuelos”, los campamentos intergeneracionales de Amavir que vuelven este verano para reunir a mayores y pequeños alrededor de actividades, juegos y experiencias compartidas.
La iniciativa, pionera a nivel internacional y con más de quince años de trayectoria, nació en las residencias de Amavir en Navarra y, con el paso del tiempo, se ha extendido a distintos centros de la compañía en España. Su propuesta es sencilla, pero especialmente valiosa: durante una semana, niños y niñas de entre 6 y 12 años comparten el día a día con los residentes, creando un espacio en el que las diferencias de edad pasan a un segundo plano.
Este verano, el programa llega a distintos centros de Madrid y Canarias. En la Comunidad de Madrid participan las residencias Amavir Getafe, Amavir Villanueva, Amavir La Gavia y Amavir Ciudadalcampo, mientras que en Canarias se suma el Centro Sociosanitario Benedicta Ojeda, en Las Palmas.
Una semana para compartir
Desayunar juntos, participar en una gymkana, jugar al bingo, hacer gimnasia, descubrir nuevas aficiones o ponerse manos a la obra en un taller creativo. Durante los campamentos, cada residencia recibe de media a entre 10 y 20 niños, principalmente nietos y bisnietos de los residentes, además de hijos de trabajadores de Amavir.
El programa se integra en la rutina habitual de los centros, respetando en todo momento los horarios y el descanso de los mayores, pero incorporando durante unos días la energía de los más pequeños.
Y ahí reside precisamente buena parte de la riqueza del proyecto. Los niños descubren historias, recuerdos y formas de entender la vida que difícilmente encontrarían en otros contextos; mientras que los mayores encuentran nuevos estímulos para mantenerse activos física, cognitiva y socialmente.
El resultado es un intercambio que va mucho más allá del entretenimiento. Los mayores enseñan, pero también aprenden. Los pequeños escuchan, pero también tienen mucho que contar. Y ambos descubren que una partida, una conversación o una actividad compartida pueden convertirse en el mejor punto de encuentro entre dos generaciones.
Una cita especial en el Museo de Cera
Entre las actividades previstas este año destaca la organizada por Amavir La Gavia, que el 2 de septiembre llevará a mayores y pequeños hasta el Museo de Cera de Madrid.
La jornada combinará una visita guiada, tematizada y participativa con los talleres de verano del museo. Una propuesta pensada para despertar la curiosidad y favorecer la conversación entre generaciones a través de personajes, recuerdos y referencias que cada participante observará inevitablemente desde una perspectiva diferente.
Porque lo que para unos puede ser memoria, para otros será descubrimiento. Y precisamente en ese contraste se encuentra uno de los aspectos más interesantes de la experiencia: compartir recuerdos, curiosidades y puntos de vista en un ambiente relajado y creativo.
Mucho más que un campamento de verano
Tras más de quince años de recorrido, “De acampada con mis abuelos” se ha convertido en una de las tradiciones estivales de Amavir y ha recibido distintos premios y reconocimientos.
La iniciativa tiene, además, otra dimensión práctica: al permitir la participación de hijos de trabajadores, contribuye a facilitar la conciliación familiar durante los últimos días de las vacaciones escolares, especialmente en esa primera semana de septiembre en la que muchas familias todavía esperan el regreso a las aulas.
Pero quizá su mayor valor sea el menos cuantificable. Durante unos días, las residencias se llenan de nuevas voces, juegos y conversaciones. Los pequeños descubren cómo eran los veranos, los colegios o los juegos de quienes fueron niños muchas décadas antes que ellos; y los mayores se acercan, a su vez, al mundo de una generación que empieza a construir sus propios recuerdos.
Una convivencia que demuestra que la distancia entre generaciones puede ser mucho más corta de lo que indican los años. A veces basta una excursión, un juego o una sobremesa compartida para comprobarlo.

