Septiembre secreto: viajar cuando todos han vuelto
Cuando agosto termina y las ciudades recuperan su ritmo, comienza uno de los mejores momentos del año para hacer las maletas. Temperaturas agradables, playas que vuelven a respirar, hoteles más tranquilos y destinos que recuperan su esencia convierten septiembre en el nuevo mes favorito de quienes pueden permitirse elegir cuándo viajar.
Hay algo deliciosamente contradictorio en irse de vacaciones cuando todos están volviendo.
Septiembre llega con bandejas de entrada llenas, agendas que vuelven a abrirse y ciudades recuperando su velocidad habitual. Pero, para quienes todavía pueden retrasar unos días el regreso a la rutina, guarda un último verano. Más silencioso, más pausado y, posiblemente, mucho más apetecible.
No es una elección tan minoritaria como podría parecer. Aproximadamente un 17 % de los españoles elige ya septiembre para viajar, confirmando una tendencia que lleva varios años creciendo: desplazar las vacaciones fuera de las semanas tradicionalmente más saturadas.
Las razones son fáciles de entender. El Mediterráneo conserva buena parte del calor acumulado durante el verano, las temperaturas permiten disfrutar tanto del mar como de las ciudades y la presión turística comienza a descender. Encontrar una mesa, reservar un hotel especial o llegar a una cala sin convertirlo en una expedición vuelve a ser posible.
Pero existe otra ventaja menos evidente: los destinos recuperan su personalidad.
Menorca, el Mediterráneo en voz baja
Pocas imágenes resumen mejor septiembre que una cala balear después de agosto.
El agua continúa cálida, los días siguen invitando a bañarse y las sobremesas mantienen espíritu de verano. La diferencia está alrededor: hay más espacio y menos prisa.
Menorca es perfecta para esta segunda temporada estival. Septiembre invita a recorrer algún tramo del Camí de Cavalls, descubrir calas sin necesidad de madrugar, navegar durante unas horas o prolongar la tarde hasta que el sol desaparezca sobre el Mediterráneo.
También es un buen momento para mirar hacia el interior y las ciudades. Ciutadella recupera cierta intimidad en sus calles y terrazas, mientras Mahón propone otra manera de disfrutar la isla: paseos frente a uno de los grandes puertos naturales del Mediterráneo, pequeñas tiendas, mercados y restaurantes en los que detenerse sin mirar el reloj.
Menorca sigue siendo verano. Solo que en septiembre habla más bajo.
Portugal, el verano que se resiste a terminar
Hay destinos especialmente agradecidos cuando cambia el calendario y Portugal es uno de ellos.
Septiembre permite combinar todavía días de costa con escapadas urbanas y, al mismo tiempo, asistir al comienzo de la vendimia en algunas de sus regiones vinícolas.
Para pocos días, Lisboa funciona siempre. Desayunar temprano, caminar por Príncipe Real, bajar hacia Chiado, cruzar hasta Belém y terminar el día alrededor de una mesa es un plan suficientemente bueno como para no necesitar demasiadas explicaciones.
Con algo más de tiempo, el viaje puede continuar hacia el Alentejo. Carreteras secundarias, pueblos blancos y una costa atlántica que conserva su belleza salvaje permiten construir una escapada sin demasiados planes.
Y en dirección contraria espera el Douro. En septiembre sus viñedos comienzan a transformarse con la vendimia. Hoteles pequeños entre viñas, bodegas, carreteras imposibles junto al río y largas comidas ofrecen un viaje completamente diferente.
Mar o viñedos. Lisboa o carreteras secundarias. En septiembre, Portugal permite no tener que elegir demasiado.
Dolomitas, cambiar la sombrilla por las botas
No todos los últimos viajes del verano tienen que terminar frente al mar.
Septiembre es también un mes magnífico para mirar hacia las montañas y los Dolomitas italianos ofrecen uno de esos paisajes capaces de justificar por sí solos el viaje.
Las temperaturas se suavizan, los senderos recuperan tranquilidad y los refugios de montaña permiten detenerse para comer con vistas que difícilmente necesitan filtros.
Es un viaje construido alrededor de pequeños placeres: caminar por la mañana, atravesar bosques y praderas alpinas, descubrir granjas, probar quesos locales y contemplar cómo las paredes de roca cambian de color al final del día.
Además, hacia finales de septiembre comienzan en algunas zonas las tradicionales bajadas del ganado desde los pastos de verano. Una escena sencilla y auténtica que recuerda algo importante: viajar fuera de temporada no significa encontrar menos cosas, sino descubrir otras.
Aquí conviene hacer una pequeña planificación previa, ya que conforme avanza septiembre algunos remontes y alojamientos de montaña comienzan a cerrar antes de la temporada de invierno.
Mallorca después de agosto
Hay destinos que parecen completamente nuevos con solo cambiar la fecha del billete.
Mallorca es uno de ellos.
Cuando termina agosto, la isla no pierde el verano; pierde parte de sus multitudes. El mar continúa siendo protagonista, pero aparecen otros planes que durante las semanas más concurridas pueden quedar relegados.
Es el momento de recorrer Valldemossa y Deià sin tanta prisa, conducir por la Serra de Tramuntana, descubrir restaurantes del interior o simplemente desayunar tranquilamente en Palma y decidir después qué hacer con el día.
La Tramuntana muestra además otra Mallorca: caminos históricos, olivares, bosques de encinas, pequeños pueblos de piedra y carreteras que obligan a detenerse cada pocos kilómetros.
Y quizá ese sea precisamente uno de los mayores lujos de septiembre: volver a improvisar.
Un último viaje por Europa
Septiembre también devuelve las ciudades a quienes disfrutan caminándolas.
Roma empieza a despedirse de las temperaturas más extremas. Lisboa conserva sus terrazas. París recupera poco a poco su vida cotidiana. Florencia invita nuevamente a recorrerla a pie sin que cada desplazamiento parezca una batalla contra el calor.
Incluso aquellas ciudades que creemos conocer cambian cuando desaparece parte del ruido turístico.
Una escapada de tres o cuatro días puede ser suficiente: un hotel bien situado, alguna reserva gastronómica y una agenda deliberadamente incompleta.
Porque quizá viajar bien en septiembre consista precisamente en eso: hacer menos planes.
El nuevo lujo es encontrar espacio
El auge de septiembre como mes vacacional habla también de una manera diferente de viajar.
Las temperaturas extremas de algunos destinos durante julio y agosto, la masificación y una mayor flexibilidad laboral están desplazando poco a poco las fronteras del verano. Junio dura más. Septiembre importa más. Y el calendario tradicional empieza a perder parte de su rigidez.
Pero existe una razón todavía más sencilla.
Viajar cuando todos han vuelto permite recuperar algo que durante la temporada alta resulta cada vez más escaso: espacio.
Una terraza sin lista de espera. Una carretera secundaria prácticamente vacía. Una playa al final de la tarde. Una mesa junto al mar. Un sendero en silencio. La posibilidad de cambiar de planes simplemente porque apetece.
Quizá el verdadero lujo contemporáneo de viajar ya no consista en llegar más lejos ni en acumular destinos, sino en poder disfrutarlos sin prisas.
Por eso septiembre tiene algo de secreto compartido.
Mientras unos deshacen las maletas, otros empiezan a hacerlas.
Y puede que sea entonces cuando comience el mejor verano.

